
La agricultura involucra una serie de actividades técnicas y económicas a través de las cuales se da tratamiento al suelo y se cultiva la tierra para producir alimentos. Esta fundamental actividad tiene más de diez mil años y ahora, a través de la tecnología, puede verse beneficiada, volverse más sostenible y generar más y mejores resultados para nuestro aprovechamiento y colateralmente para la protección del medio ambiente.
Teniendo en cuenta el cálculo que indica que para el 2050 la población mundial ascenderá a 9,300 millones de personas y pensando que el 68% de éstas habitará en ciudades para el mismo año, la producción de alimentos tendrá que aumentar significativamente, mientras el campo podría verse más descuidado y abandonado, por lo que invertir en proyectos que ayuden en este sentido, a eficientar procesos y ahorrar recursos, como el del agua y las superficies cultivables, en la medida de lo posible, será clave para garantizar nuestro bienestar y supervivencia en un futuro.
La idea de Smart Agro fundamentalmente se asocia con la incorporación de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) a las industrias agroalimentaria, ganadera, agrícola, pesquera, rural, forestal, etc., propiciando una revolución digital en ellas: la información se convierte en el pilar de los procesos de producción y ésta se obtiene a través de dispositivos como sensores y drones, se almacena, procesa, analiza y convierte en decisiones informadas y, por lo mismo, con impactos más favorables.
Este enfoque hace uso de agentes robóticos, de geoposicionamiento y análisis de macrodatos, con los cuales se puede, por ejemplo, frenar la aplicación excesiva de fertilizantes y sustancias químicas y el desperdicio del agua en el riego; estas tecnologías elevan a la agricultura y la convierten en climáticamente inteligente.
Un panorama general de lo que puede involucrar la Smart Agro
La Smart Agro ha tenido distintas etapas que han ido incorporando diversos elementos a los métodos agrícolas convencionales, por ejemplo, se han integrado la automatización y la robótica, lo cual se puede ver en las máquinas para la agricultura que ahora son capaces de realizar ciclos completos de siembra, pulverización y cosecha.
En este momento, la propuesta se basa en la introducción de la interconexión de sistemas y máquinas con el fin de adaptar los ecosistemas de producción a través de la racionalización de fertilizantes, agua y sustancias para prevenir y curar enfermedades en las plantas, dando lugar a la agricultura de precisión.
Los drones, por ejemplo, han comenzado a ser utilizados por los agricultores y trabajadores del campo para analizar, controlar y administrar la explotación de sus tierras. A través de estos dispositivos, es posible medir el estrés hídrico, conocer el contenido de agua en el suelo, monitorear los cultivos y su vigor, analizar el suelo, dar seguimiento a los cambios en la forma o el color de las plantas, evaluar la salud de las cosechas y el ganado e identificar con prontitud potenciales heladas o enfermedades en plantas y animales, entre otras cosas.
Los sensores, por otro lado, tienen la capacidad de captar y transmitir datos de distinta naturaleza a los aparatos de procesado y almacenamiento, reforzando así la conectividad del campo. Estos instrumentos pueden proporcionar recomendaciones de riego, alertar sobre valores fuera de los rangos establecidos y ayudar a definir de manera más eficaz el uso de insumos productivos, entre otras cosas.
Otros equipos que se utilizan en la Smart Agro abren la posibilidad de enviar alertas a los agricultores sobre datos de interés, gestionar y controlar redes de sensores, controlar las condiciones ambientales dentro de las granjas de producción intensiva, funcionar en sistemas de estaciones de medida remotas que requieren de autonomía local para su operación, medir indicadores climatológicos al ser mecanismos de alta precisión en este ámbito y un largo etcétera.
Dos proyectos exitosos en América Latina
Existen un par de iniciativas en países latinoamericanos que se pueden usar como ejemplo de lo que puede lograr la Smart Agro: una de ellas tiene lugar en Perú y la otra en Colombia.
En el 2018, algunas empresas propusieron tres programas piloto, dos en el departamento de Ica y uno en el de Lambayeque, en la República de Perú. Estos esquemas consistían en aplicar en los campos de cultivo de algodón sistemas de riego por goteo y por surco administrados a partir de dispositivos inteligentes y su resultado, luego de un año, fue un aumento de hasta el 77% en la productividad de los agricultores que los utilizaron respecto a las parcelas contiguas que decidieron no hacer uso de las TIC para el riego de sus cultivos.
Respecto al otro modelo, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, junto con una empresa de telefonía, puso en marcha un piloto de una iniciativa que incluía la instalación de sensores en los cultivos para detectar factores como el riego, el consumo de agua y la humedad del suelo en cultivos de café en el municipio colombiano de Tablón de Gómez, en el departamento de Nariño; como producto de esto, a lo largo de un año, se obtuvo un incremento en la producción del grano que superó los 400 kilos por hectárea y la rentabilidad pasó del 40% a alrededor del 63 67%.
La tecnología es capaz de ofrecer muchas ventajas en casi cualquier área de las actividades humanas y qué mejor que emplearla en aquéllas que nos proporcionan alimentos. Mientras las ciudades avanzan y se desarrollan, el campo, en ocasiones, se ha quedado atrás, siendo que es parte esencial de nuestra subsistencia.
La Smart Agro, entonces, puede convertirse en una opción prometedora para intentar equilibrar las cosas y, de paso, enfatizar la economía de recursos y la protección medioambiental, además de ser una alternativa que podría generar nuevos empleos y más posibilidades de formación para los profesionales y aquéllos que trabajan la tierra.
Es momento de utilizar todos nuestros recursos para apoyar estas áreas y que la obtención de productos alimenticios se vuelva sustentable y equitativa, al mismo tiempo, suficiente para abastecer a las ciudades.